Decía el pintor holandés Vincent Van Gog h que, si una persona realmente ama la naturaleza, encuentra su belleza en cada rincón.

Aunque esta afirmación provenía de un genio, lo cierto es que en el siglo XIX no existía el estrés diario de la sociedad actual, con el trabajo, la familia, los transportes, las citas, los compromisos y demás elementos que, en muchas ocasiones, hacen plausible la opción de salir corriendo y no volver más.

Es en esos momentos en los que la opción de la naturaleza se iza con fuerza como una gran bandera, cuando uno comprende, aunque sea por un instante, porque fray Luis de León abogaba por «huir del mundanal ruido» y seguir el camino de los sabios.

Aunque en muchas ocasiones desconocidos, muchos son los rincones naturales que existen en nuestro país. Uno de ellos es el Parque Nacional de Cabañeros , título que este paraíso castellano-manchego ostenta con orgullo desde 1995.

Situado en los Montes de Toledo, Cabañeros es considerado como uno de los 14 espacios más emblemáticos de la naturaleza española. Sus bosques y matorrales mediterráneos, bosques de ribera, las turberas y algunos enclaves con vegetación atlántica, además de algunas especies animales en peligro de extinción como el águila imperial, hacen de este enclave uno de los más ricos y mejor preservados de la Meseta.

Entre las numerosas rutas que se pueden hacer a pie en este parque de 40.856 hectáreas, una de las más concurridas es la de Los Navalucillos, a menos de dos horas de Madrid, que incluye la ruta del Chorro, la Chorrera Chica y el Rocigalgo.

Ruta del Chorro

Para llegar a este recóndito paraje, los forasteros deben tomar un desvío en torno al kilómetro 16 de la carretera CM-4155, a diez kilómetros de la localidad de Los Navalucillos.

Durante la bajada por el camino de tierra, el conductor debe extremar la precaución hasta llegar a una cabaña. En ella se puede obtener toda la información sobre las tres rutas disponibles, así como la vegetación, el tiempo estimado o los animales que uno puede encontrarse en este escenario tan íntimo.

La primera de ellas es la ruta del Chorro, un recorrido de unos nueve kilómetros de distancia, ida y vuelta, que transcurre por algunas zonas altas del Parque Nacional. De todos los trayectos, el Chorro tiene el sendero menos laborioso, por lo que es un buen modo de calentar para la excursión que se viene encima.

Durante los dos primeros kilómetros, el visitante no encontrará nada salvo un cómodo camino en paralelo con el arroyo y matorrales mediterráneos de jara y brezo.

Más adelante, el encinar cobra importancia. A través de unas escaleras se accede directamente a la montaña que hay que atravesar, con un paisaje natural en todo su esplendor. Se recomienda llevar unos buenos prismáticos que permitan vislumbrar elementos que se escapan a la vista, pues el parque alberga la cuarta parte de vertebrados protegidos nacionales. De hecho, en los relieves de altura se refugian ciervos y cabras montesas, mientras que por el cielo planean impasibles buitres leonado y negros.

Entre la flora se puede encontrar la encina, aunque el clima húmedo permite la habitabilidad de especies como el alcornoque, el quejigo y el rebollo. También descansan sobre el mojado suelo el bosque ripario, turberas o rebollos.

Tras hora y media de ejercicio, tiempo durante el cual se debe utilizar calzado cómodo y ropa adecuada, una pequeña bifurcación conduce hacia una cascada de 18 metros de altura, donde la humedad y la vegetación se funden con los sonidos de los pájaros que habitan el lugar. De hecho, al observar la caída del agua, uno no deja de pensar en la magnificencia del mundo y en los rincones que todavía quedan por visitar.

Precisamente por esa razón se debe continuar la ruta. Esta es tan solo una de las sorpresas que depara el Parque Nacional.

Ruta de la Chorrera Chica

El segundo sendero tiene una dificultad media-alta y transcurre entre las montañas, con subidas empinadas y algo resbaladizas. Sin embargo, aunque el recorrido sea en ocasiones dificultoso y el miedo a las alturas a veces enturbien el objetivo final, las vistas que las elevadas montañas ofrecen aportan la energía suficiente para continuar.

Precisamente es a partir de este momento cuando el caminante tiene mayores posibilidades de encontrar animales salvajes, pues está en el corazón del parque.

Desde la gran cascada del Chorro, se tarda alrededor de una hora en alcanzar el segundo destino, una cascada más oculta que la anterior pero no menos impresionante.

Ruta del Rocigalgo

En ese momento, el excursionista está a una hora y media del último y más complicado destino, para el cual hay que subir hasta la gran cima de los Montes de Toledo, a 1.448 metros de altura.

Aunque en ocasiones la subida sea algo costosa, desde lo alto de la montaña se tienen vistas de todo el Parque Nacional de Cabañeros, con el relieve de los montes y su variedad de vegetación frente a los ojos.

Ahora solo queda el viaje de vuelta, con unas cuatro horas de camino por delante, en las que introducirse de lleno en la naturaleza y emprender la vuelta a casa.

 

 

Un fin de semana en el silencio de Cabañeros